Recordando a Oliver Sacks

El neurólogo y escritor Oliver Sacks murió el 30 de agosto de 2015.

Oliver Sacks. Imagen tomada de la Wikipedia

Aquí viene un pequeño homenaje copiado de su libro ‘El hombre que confundió a su mujer con un sombrero’.

“La enfermedad de Cupido
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Natasha K., una mujer inteligente de noventa años, acudió
recientemente a nuestra clínica. Explicó que poco después de cumplir los
ochenta y ocho advirtió «un cambio». ¿Qué clase de cambio?, le
preguntamos.
—¡Delicioso! —exclamó—. Era muy agradable. Me sentía con mucha
más energía, más viva… me sentía joven otra vez. Empezaron a
interesarme los hombres jóvenes. Empecé a sentirme, digamos,
«retozona»… sí, retozona.
—¿Y eso era un problema?
—No, al principio no. Me sentía bien, extremadamente bien… ¿por qué
iba a pensar yo que pudiese haber problemas?
—¿Y después?
—Mis amistades empezaron a preocuparse. Al principio decían: «Estás
radiante… ¡Parece que has rejuvenecido!», pero luego empezaron a pensar
que aquello no era del todo… razonable. «Tú eras siempre tan tímida», «y
ahora eres una frívola. Andas siempre riéndote, cuentas chistes… ¿tú
crees que está bien eso a tu edad?».
—¿Y cómo se sentía usted?
—Yo estaba desconcertada. Me había dejado llevar, y no se me había
ocurrido poner en entredicho lo que estaba pasando. Pero entonces lo
hice. Me dije: «Natasha, tienes ochenta y nueve, esto ya dura un año.
Siempre fuiste tan moderada en tus sentimientos… ¡y ahora esta
extravagancia! Eres una mujer vieja, casi al final de la vida. ¿Qué podría
justificar una euforia repentina como ésta?». Y en cuanto pensé en
euforia, las cosas adquirieron un nuevo aspecto… «Estás enferma,
querida», me dije. «¡Te sientes demasiado bien, tienes que estar mala!»
—¿Mala? ¿Emotivamente? ¿Mala mentalmente?
—No, emotivamente no… mala físicamente. Era algo de mi cuerpo, de
mi cerebro, lo que me ponía tan eufórica. Y entonces pensé… ¡maldita sea,
esto es la enfermedad de Cupido!
—¿La enfermedad de Cupido? —repetí, sin comprender. Era la primera
vez que oía aquello.
—Sí, la enfermedad de Cupido… la sífilis, comprende. Es que yo estuve
en un burdel en Salónica, hace casi setenta años. Cogí la sífilis… muchas
de las chicas la tenían… le llamábamos la enfermedad de Cupido. Mi
marido me salvó, me sacó de allí, hizo que me la trataran. Eso fue muchos
años antes de la penicilina, claro. ¿No es posible que haya seguido
conmigo durante todos estos años?
Puede haber un inmenso período de latencia entre la infección primaria
y la aparición de neurosífilis, sobre todo si la infección primaria ha sido
contenida, no erradicada. Yo tuve un paciente, tratado con Salvarsán por
el propio Ehrlich, que manifestó tabes dorsalis (una forma de neurosífilis)
más de cincuenta años después.
Pero yo no me había encontrado nunca con un intervalo de setenta
años… ni con un autodiagnóstico de sífilis cerebral expuesto con aquella
tranquilidad y claridad.
—Es una sugerencia sorprendente —contesté después de pensármelo
un poco—. Nunca se me habría ocurrido… pero quizás tenga usted razón.
Tenía razón; el fluido espinal dio positivo, tenía neurosífilis, eran
realmente las espiroquetas las que estimulaban su córtex cerebral
antiguo. Se planteó entonces la cuestión del tratamiento. Pero surgía aquí
otro dilema, que planteó, con su agudeza característica, la propia señora
K.
—No sé si quiero curarlo —dijo—. Ya sé que es una enfermedad, pero
me ha hecho sentirme bien. He disfrutado de ella, aún sigo disfrutando,
no voy a negarlo. Hacía veinte años que no me sentía tan viva, tan
animada. Ha sido divertido. Pero sé muy bien cuando una cosa buena va
demasiado lejos, y deja de ser buena. He tenido ideas, he tenido impulsos,
no le contaré, que son… bueno, embarazosos y estúpidos. Era como estar
un poco ida, un poco achispada, al principio, pero si la cosa va más
lejos…
Remedó a un demente espasmódico y babeante. Luego continuó:
—Pensé que lo que tenía era la enfermedad de Cupido, por eso acudí a
ustedes. No quiero que la cosa se ponga peor, eso sería horroroso; pero no
quiero que me cure… eso sería igual de malo. Hasta que me asaltó esto yo
no me sentía plenamente viva. ¿Cree usted que podría mantenerla
exactamente como está?
Lo pensamos un rato y nuestra vía de actuación, afortunadamente,
estaba clara. Le hemos administrado penicilina, que ha matado las
espiroquetas, pero que nada puede hacer para eliminar los cambios
cerebrales, las desinhibiciones, que las espiroquetas han causado.
Y ahora la señora K. tiene ambas cosas, disfruta de una desinhibición
suave, una liberación del pensamiento y el impulso, sin nada que
amenace su control de sí misma y sin el peligro de una mayor lesión del
córtex. Alberga la esperanza de vivir, reanimada así, rejuvenecida, hasta
los cien.
—Es curioso —me dice—. Ha conseguido usted jugársela a Cupido.”

Seveneves, nueva novela de Stephenson

Stephenson delante de un letrero de Idaho.

Un desconocido ‘agente’ atraviesa la Luna y la disgrega en en siete grandes trozos e incontables trozos más pequeños.

“He had felt that tingling in the scalp once before, on a safari in Tanzania, and had turned around to see that he was being watched, interestedly, by a group of hyenas. The thing that had scared him hadn’t been the hyenas themselves. Those, and even more dangerous animals, were all over the place. Rather, it was the sudden awareness that he had let his guard down, that he had been focusing his attention on the wrong thing while the real danger had been circling around behind him.

He had wasted a week on the fascinating scientific puzzle of “What blew up the moon?”

That had been a mistake.”

Aquí las 26 primeras páginas de la nueva obra de Neil Stephenson.

http://www.nealstephenson.com/news/2015/04/13/seveneves-excerpt/